Crónica del pájaro que da cuerda al mundo


Como es la primera entrada que escribo, voy a comenzar por presentar mi sección y mi ser: me llamo Darío y soy un joven de 15 años con alma de escritor. En mi sección del Blog, titulada 'El otro lado del espejo' subiré relatos relacionados con los animales, que todos llevarán como título algo relacionado con la cultura. En este caso el relato que os traigo se titula "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo", haciendo referencia al libro homónimo del maravilloso escritor Haruki Murakami, que de paso aprovecho para recomendar, porque cualquier libro suyo es genial. Y ahora sí, ¡comenzamos!


Crónica del pájaro que da cuerda al mundo


"La golondrina inmóvil" de Salvador Dalí

"Cuando me desperté aquella mañana de mayo en que las renacidas rosas carmesíes se habían alhajado de perlas en forma de rocío, la sensación de mi cuerpo –aunque principalmente de mi mente- fue de libertad. No ese tipo de libertad que defendían Montesquieu, Voltaire y Rousseau por nuestros derechos y opiniones, ni esa libertad que utilizan Bécquer y Rosalía para hablar sin límites de sus emociones; mi sentimiento era muy diferente, como si mi alma no presentara límites y su redil se hubiera roto.
Una cosa tenía clara: podía barruntar que iba a suceder algo que cambiaría mi manera de pensar. Y así fue, nada más salir de la cama y vestirme, al abrir la puerta de mi habitación y sufrir el impacto del sol del nuevo día en mi cara, me encontré con esa grata sorpresa: ¡un pájaro –pequeño y de plumaje oscuro, tanto que me recordó al carbón y temí que alguna pavesa fuera a saltar sobre mí al tocarlo- pululaba perdido por el parquet del salón!

Al parecer todo el resto de los habitantes de la casa aún se encontraban entre los brazos de Morfeo, de manera que me entró el temor y no supe qué hacer. Instintivamente, agarré la escoba –esa vieja, de madera, como la que utilizan las brujas- y me dispuse a golpear al pequeño animal, cuando me asustó la presencia de mi abuela.
La mujer apareció despeinada y vestida con su níveo camisón por la puerta de la cocina, parándome al momento. Cuando me vio corrió rápidamente con sus pequeños pero acompasados pasos hacia mí y alzando sus arrugados y amarillentos brazos apartó la escoba de mi poder. 
-¡¿Pero qué haces, muchacho?! –Exclamó con fiereza. Debo decir que siempre había sido una mujer calmada, de ésas que lo hacen todo con tal parsimonia que sus acciones dejan cualquier cosa impoluta.- No tienes ningún derecho a tocar al pájaro que da cuerda al mundo.
Ella lo agarró con delicadeza y llevándolo en sus manos se dirigió paulatinamente hacia el jardín, donde dejó libre al curioso animal. Pero aquellas palabras, ‘el pájaro que da cuerda al mundo’, quedaron grabadas en mi cabeza, y después de estar todo el día pensando en ello, fui a preguntarle al resto de mi familia sobre su interpretación de ese sintagma.

-Es obvio, hijo, el pájaro pertenece a una cadena trófica, y si desaparece de esa cadena, el ecosistema se desestabiliza y los cambios en el resto de organismos pueden ser brutales. –La respuesta de mi padre me decepcionó. Parecía demasiado realista.

-Oh, la importancia de los pájaros es máxima, ¿de dónde sacarían su inspiración los escritores, si no fuera de ellos? La poesía trovadoresca se centra totalmente en ellos, ¿quién si no avisaría al trovador de que ha llegado el día y debe abandonar a su amada después de pasar la noche con ella? Pobre midons, que vuelve a los brazos de su gilós… Bien podemos ver esto en el verso de Giraut de Bornelh: “No dormiu més, que ja sento l'ocell”. –Mi madre y su amor por la poesía de la edad media, qué maja.

-¿No has pensado en los sentimientos de libertad, en el amor o en los sueños y la imaginación que representan los pájaros? Mira las golondrinas de Bécquer, que vuelven siempre que no se enamoren de ti, o el ruiseñor de Keats, cuyo canto fúnebre que ‘sería tierra y hierba’ es tan celestial que al oírlo no puede dilucidar si vive en un sueño o en la realidad. -Sólo mi hermano puede conocerse hasta la metáfora más anodina de toda la poesía clásica.

Después fui yo el que pensé: en el águila de Zeus y el pavo real de Hera, que gobernaban a todos los dioses ; en el halcón Veðrfölnir que, sentado sobre un águila en lo más alto del árbol Yggdrasil, se encarga de vigilar los nueve mundos; en la cabeza de halcón del dios Ra; en el piar de las golondrinas que me imagino cada vez que escucho ‘Las cuatro estaciones’ de Vivaldi o en las grullas clásicas del Japón feudal. 
El pájaro avisa, el pájaro siente y libera, el pájaro vive, el pájaro gobierna, el pájaro contempla y vigila, el pájaro nos acompaña a todos. Fuera lo que fuera lo que quisiera decir mi abuela, puedo extraer de todo esto una pequeña conclusión: da igual cómo lo interprete, el pájaro siempre estará presente allá a donde vaya, allí a donde mire. Son las aves las que mueven el mundo, no podemos dañarlas. ¿Será que con sus bellas plumas son ángeles camuflados en una vida terrenal?"

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