Orgullo y prejuicio

             
                                             "Los amantes" de René Magritte. 

Título: "Orgullo y prejuicio" basado en una famosa novela de la escritora romántica Jane Austen.


"Mientras la última luz del ocaso ahondaba a duras penas la inmensidad del valle, dejando que los tumultos de excéntricos adolescentes disfrutaran de las últimas horas de luz del día, ese 8 de febrero de 2012 yo estaba encerrado en casa escuchando la canción “Imagine” de John Lennon, e intentando imaginarme un mundo sin barreras, sin obstáculos y sin prisiones, un mundo donde gobernara la libertad del alma y de los sentimientos y la felicidad no fuese una meta a alcanzar, sino la base de esta pirámide a la que llamamos vida. Se podría decir que ese día marcó el fin de mi existencia. O al menos, dio inicio al comienzo del fin.

La fiereza de mi padre al abrir la puerta de mi habitación y su crueldad al decirme que hiciera algo útil con mi vida me llevó a decirle lo que estaba rondando por mi cabeza desde hacía muchos meses. Fueron tres palabras camufladas entre muchas otras que sólo denotaban odio y rabia, pero parecieron tres latigazos o varias cuchilladas que abrían heridas cuya desazón parecía fuego puro.

-Papa, soy gay. –Dije, mientras le hablaba sobre mis planes de futuro de irme a vivir muy lejos de ahí con un chico que me amara más que a cualquier otra cosa. Dicen que cada silencio tiene su propio significado y, si tuviera que adivinar el de éste, apostaría todo por decir que su significado era ‘Vete de esta casa ahora mismo’. Pero no lo hice. No me moví, el que se marchó fue él –después me enteré de que había ido a emborracharse al bar con otros viejos beodos que no sabían qué hacer con sus desdichadas vidas- y al poco rato llegó mi madre, de espantoso humor, dirigiéndose directamente hacia mi cuerpo.

-Me he enterado de lo que le has dicho a tu padre. No tengo ningún problema con que seas gay, pero me ha golpeado mucho eso de que ya no pueda ser abuela. Cuando naciste te pusimos el nombre de León porque esperábamos que fueras un muchacho fuerte y valiente… pero o fallé en mi predicción, o erré en tu educación. Lo siento mucho por haber fallado en eso. –Su voz sonaba segura de sí misma, pero a la vez distante, como si no hablara con quien tenía delante, sino con otra persona.

Quise responder y decirle que igualmente podría ser abuela, que los gays son libres de adoptar si les place, pero antes de que pudiera articular palabra, de su boca siguió ese discurso que tanto daño me estaba haciendo.

-Aún así, toma esto –levantó la mano y lanzó una caja de preservativos que parecía recién comprada-, los gays tenéis un gran apetito sexual y muchos están llenos de enfermedades, así que por favor, cuídate al hacerlo. Ya he sentido como si perdiera la mitad de mi hijo, no hagas que lo pierda entero.

Una vez se hubo ido, apareció en mi mente un antiguo cuadro que había visto en un museo y que representaba a Apolo y Diana lanzando siete flechas cada uno a los hijos y las hijas de Niobe. Sentí que esa pintura personificaba esta escena: flechas en formas de palabras que mataban personas.

A los pocos días, cuando me digné a salir de casa sin temores ni remordimientos, encontré por la calle a una niña pequeña que, con su pueril mirada, intentaba convencer a su madre de que le dejara quedarse un tierno Caniche Toy que le ofrecía una compañera de clase. La madre se negaba argumentando tópicos y falacias de distintos tipos:

-Pero hija, ¿no te das cuenta de la cantidad de enfermedades que puede transmitir un perro? Ni se te ocurra acercarte a uno. ¿Alguna vez has visto un lobo, como el que intenta engañar a Caperucita? Pues los perros son iguales: intentan aparentar ser adorables y, cuando te despistas, atacan y destrozan todo: paredes, muebles, ropa… Además, ¿qué me dices de las pulgas y las garrapatas? No hay perro que se libre de esos bichos estúpidos. ¿Y crees que en nuestra pequeña casa hay espacio para otra cabeza? Ni loca.

Después de ver eso, que me minó la poca alegría que quedaba en mi humor, decidí irme a un barrio un tanto más pobre, en el que las personas no se rigieran por su soberbia, pero me equivocaba: todos los humanos somos iguales. Una vez llegué a ese barrio, al intentar acariciar a un gato callejero de color oscuro, una vagabunda apareció corriendo y me lo impidió, argumentando que los gatos pueden contagiar sida gatuno a través de su saliva y que, si me mordía, estaba perdido.

Entonces tuve claro cuál sería mi siguiente acción: ahora me encuentro escribiendo este texto a la luz de unas lúgubres velas en el baño de mi casa, mientras contemplo con miedo y a la vez valentía un cúter que me abrirá la puerta hacia la felicidad.

Gracias, seres humanos, por haber hecho de nuestro mundo unas ruinas mucho peores. ¿Por qué no podéis dejar que los que no somos iguales seamos felices? ¿Por qué impedís que le den amor a un perro, a un gato o a una persona que necesita sentirse querida, sólo porque desconocéis a esos seres? No todos los perros son iguales. No todos los gatos son iguales. No todas las personas son iguales. Pero, por lo que parece, este mensaje tan simple es lo más difícil de comprender para cualquier persona.

Hace tiempo leí en un libro que la diferencia entre un animal y un ser humano es el tiempo que tarde en rendirse: sino, que alguien me diga, ¿quién ha visto a un animal suicidarse? Por eso los envidio, por mucho que un perro sufra, siempre aguantará fuerte y no se quitará la vida, porque acepta su destino. Lamentablemente, yo no soy capaz de aceptar esta desdicha. Y quiero acabar mi existencia con una frase de Ernesto Sábato que dice que el mundo es un monstruo de tres cabezas: el racionalismo, el materialismo y el individualismo. Todos los monstruos, en cierta manera, salen de los animales, en ellos encuentran su origen. ¿Se estará vengando el destino –o el mundo animal- de lo muy estúpidos que hemos sido ante otras razas, e incluso ante la nuestra misma?"

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